El olfato, la química de las emociones
Mmmmh... Esa dulce sensación cuando un olor estimula nuestros sentidos, nos levanta el ánimo o nos trae un buen recuerdo, es indescriptible. ¡Ni Marcel Proust y su magdalena nos contradirán! Entonces, ¿cuál es este vínculo, tan poderoso como imperceptible, que conecta los olores que respiramos con nuestros recuerdos y emociones?
Nuestra nariz, una ventaja para nuestro bienestar
Nuestra nariz, ese hermoso órgano en medio de la cara, puerta de entrada de los olores que nos rodean y nos provocan sensaciones desde las más agradables hasta las más desagradables. Es el órgano del olfato, el único de nuestros 5 sentidos conectado directamente a nuestro cerebro. A veces utilizado de forma inconsciente, nuestro olfato también puede ser una maravillosa ventaja para nuestro bienestar.
Cómo el olor se conecta con nuestro cerebro
Cuando un olor llega a nuestras fosas nasales, su complejo de moléculas químicas se traducirá en un «mensaje» gracias a los millones de neuronas y los 400 receptores olfativos que recubren el interior de nuestra nariz. Entonces se desencadenará una cascada de reacciones químicas para enviar una señal al bulbo olfatorio, una pequeña estructura situada en la base del cráneo. Desde el bulbo olfatorio, la información olfativa se transmite a dos sistemas:
El vínculo entre el olfato, la memoria y las emociones
Este vínculo anatómico privilegiado conecta el olfato, la memoria y las emociones. La función olfativa desempeña un papel clave en la salud y el comportamiento. La detección de peligros en el entorno, la generación de sentimientos de placer, la influencia en la sexualidad y el mantenimiento del estado de ánimo son algunos de los roles del sistema olfativo.
El revolucionario descubrimiento de los receptores olfativos neuronales
En 2004, un equipo de investigadores estadounidenses reveló la existencia de receptores olfativos neuronales en la mucosa nasal y permitió comprender cómo estas células percibían los olores y transmitían la información al cerebro. Este descubrimiento les valió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 2004.






